Quién fue David Livingstone, más que un misionero

David-Livingstone-ExplorerDavid Livingstone es el misionero a quien se han hecho más elogios en toda la historia de las misiones. El fue el héroe que la Inglaterra de la reina Victoria tanto necesitaba. Durante más de un siglo, la fama que se le dio animó a muchos a participar en la obra misionera en África. Se convirtió así en un ejemplo para todas las generaciones. “Después de su muerte y de su sepultura en la abadía de Westminster, la buena reputación de Livingstone se encontraba a salvo de cualquier ataque, con la excepción de los peores herejes. Aun en este siglo los historiadores lo reconocen como el más grande de todos los misioneros.”

No se puede negar la gran influencia de Livingstone en las misiones Africanas, pero hay dudas en cuanto a su obra misionera en sí. Livingstone no fue el “super santo” que algunos de sus biógrafos crearon. Por el contrario, era un ser humano temperamental y frágil, con graves problemas de la personalidad que fueron un gran obstáculo para su ministerio durante toda su vida. Pero, a pesar de sus debilidades, fue el hombre que Dios escogió para llamar la atención del mundo a las grandes necesidades de África.

Livingstone nació en Escocia, lugar de nacimiento de muchos grandes misioneros, tales como Roberto Moffat, María Slessor y Carlos Mackay, quien sustituyó a Livingstone. Al igual que Roberto Moffat, su suegro, también creció él en un ambiente humilde. Su gran inteligencia y su deseo insaciable de conocimientos lo llevaron a buscar la superación en la vida. Su larga jornada de trabajo (de seis de la mañana a ocho de la noche) en una fábrica de tejidos, donde comenzó a trabajar a la edad de diez años, no impidió su educación. Se compró una gramática latina con su primer sueldo y continuó su educación en la escuela nocturna. Estudiaba mientras trabajaba, para lo cual colocaba junto al telar el libro que necesitaba leer. Después hacía sus tareas hasta la medianoche.

Livingstone creció en una familia piadosa que asistía con frecuencia a la iglesia. En su juventud, sus padres dejaron la Iglesia Anglicana para asistir a una capilla independiente. Después de su conversión cuando aun era joven, hizo planes para ser médico misionero en China; sin embargo, las prioridades de la familia demoraron su avance en la educación hasta 1836, cuando tenía veintitrés años. Aun así, estudiaba solo durante los inviernos en la Universidad de Anderson en Glasgow; en los veranos trabajaba en la industria textil. Estudió medicina y teología y, en 1840, a los veintisiete años, estaba listo para comenzar su carrera misionera.

La SML aceptó la solicitud de Livingstone en 1839, pero la política internacional cambió los planes que tenía él de ir a China. La MST estaba reduciendo su obra en esa nación debido a la fricción que existía entre China y Gran Bretaña, la que al fin llevó a la Guerra del Opio. La SML decidió que Livingstone debía ir a las Indias Occidentales, pero Livingstone ya había sido presentado al impresionante veterano misionero en África, Roberto Moffat, cuya estatura era de un metro con ochenta centímetros. Moffat influyó mucho en el joven candidato a misionero, a quien hablaba de las grandes oportunidades para evangelismo que había más allá de Kuruman en “las extensas llanuras del norte” donde “algunas veces había visto por las mañanas el humo de millares de aldeas a las que nunca había ido un misionero”.

Con mucho entusiasmo Livingstone partió para África en diciembre de 1840. Después de pasar trece semanas estudiando el idioma en el barco, llegó a El Cabo en marzo de 1841. Allí se quedó por espacio de un mes antes de emprender su viaje a Kuruman, donde debía ayudar en la obra hasta el regreso de los Moffat. Livingstone se enamoró de África y disfrutó mucho de su viaje a Kuruman, el cual describió como “un verdadero paseo”. Sin embargo, no tuvo la misma impresión de la obra misionera en África. El criticó mucho, y con razón, la obra en El Cabo. Allí muchos misioneros estaban concentrados en una pequeña zona, lo cual impedía la dirección de la obra por creyentes indígenas. En Kuruman se sintió desanimado también por la falta de acuerdo que había entre los misioneros y por la escasa población de la región, pues llevaba en su mente la imagen de “las mil aldeas”.

Mientras esperaba el regreso de los Moffat, Livingstone hizo varios viajes al norte para explorar esa zona. De los dos años y medio de aprendizaje en Kuruman, pasó más de un año lejos de su base de operaciones. Esta costumbre de ausentarse continuó durante toda su vida. En 1843 Livingstone viajó hasta Mabosta, una zona de bosques y abundante agua a más de 300 Km. al norte, para establecer otra misión como la de Kuruman. Con él fueron Róger Edwards, misionero y artesano de unos cuarenta años de edad, y la esposa de Róger, quienes habían trabajado durante diez años en Kuruman.

Mabosta fue el primer hogar Africano de Livingstone. Allí construyó una casa de unos diecisiete metros de largo por seis de ancho, con ventanas de vidrio traídas de Kuruman. Allí también tuvo su primer encuentro con los peligros de la selva Africana. Durante una cacería, lo atacó un león que lo dejó mal herido. Sobrevivió gracias a sus valerosos compañeros Africanos y a una chaqueta gruesa, pero su brazo izquierdo quedó inutilizado de por vida.

En mayo de 1844, tres meses después del incidente, Livingstone se sentía lo bastante bien como para realizar un viaje, sobre todo porque se trataba de un asunto importante. Iba a Kuruman a “cortejar” a María, la hija mayor de los Moffat, quien acababa de regresar de Inglaterra con sus padres. Ella tenía veintitrés años de edad. El período de convalecencia de Livingstone, sin duda, hizo que el misionero se diera cuenta de las desventajas de la vida de soltero. Por eso durante ese verano “se llenó de valor para presentarle el asunto a María”. No se sabe la respuesta de María, pero en ese mismo año Livingstone le escribió a un amigo: “Después de todo, parece que me voy a casar con la señorita Moffat.” El la describía como una dama “saludable” y “práctica”.

Se celebró la boda en Kuruman en enero de 1845, y en marzo los Livingstone salieron para Mabosta, donde estuvieron poco tiempo. Ese mismo año, después del nacimiento del primer hijo, se trasladaron a Chonwane, a unos 64 Km. al norte. Allí fueron felices, pero sólo se quedaron dieciocho meses. Debido a la grave sequía tuvieron que mudarse con la tribu hacia el noroeste, a orillas del río Kolobeng. En el verano de 1847, después del nacimiento del segundo hijo, se mudaron a su tercera casa.

Durante siete años vivieron los Livingstone una vida seminómada en el África. Algunas veces María y los niños se quedaban solos en casa, mientras que en otras acompañaban a David en los viajes. Ninguna de esas situaciones era del todo satisfactoria. En cierta ocasión cuando Livingstone estuvo ausente de Chonwane por mucho tiempo escribió: “María se siente un poco nerviosa en la misión y tiene motivos para ello. Me escribe que los leones han vuelto a tomar posesión de la zona y rondan la casa de noche.” Pero el acompañar al esposo tampoco era una buena solución. En 1850, después de un viaje de exploración con él, dio a luz a su cuarto hijo, el cual murió poco después mientras ella sufría de una parálisis transitoria. Esto ya era demasiado, y los sedentarios Moffat de Kuruman no iban a tolerarlo. En 1851, cuando su hija les avisó que estaba embarazada de nuevo, y que Livingstone pensaba llevársela con sus “queridos niños” a otro largo viaje por la selva, la señora Moffat le escribió a su yerno una tajante carta, según el estilo característico de las suegras, que decía así:

…María me había dicho que si ella quedaba embarazada usted no se la llevaría, sino que la dejaría venir aquí después de su partida… Pero ahora me sorprende con una carta en la cual escribe: “Otra vez tengo que emprender viaje hacia el interior, tal vez para verme confinada en la selva.” Livingstone, ¿qué es lo que pretende usted? ¿No fue suficiente conque perdieran a un hermoso bebé y por poco también a los otros niños, mientras la madre volvía a casa amenazada de parálisis? Y ahora los va a exponer otra vez a una expedición. Todo el mundo condena esa crueldad, sin mencionar lo indecoroso de tal acción. ¡Una mujer embarazada, con tres pequeños, viajando en compañía de personas del sexo opuesto por las selvas de África entre bestias y hombres salvajes! Si usted hubiera hallado un lugar al que quisiera ir a comenzar la obra misionera el asunto sería diferente. No diría ni una palabra en tal caso, aunque se fueran a las montañas de la luna, pero el ir con un grupo de exploradores es algo inaceptable. Quedo, muy preocupada, su servidora: M. Moffat.”

Es imposible saber si la carta hubiera cambiado los planes de Livingstone o no, pero el hecho es que no le llegó hasta que él y su familia ya habían avanzado mucho en el viaje. El 15 de septiembre de 1851, un mes después de su partida, María dio a luz su quinto hijo junto al río Zouga. A este suceso dedicó Livingstone sólo una línea de su diario, a fin de dejar más espacio para su emocionante descubrimiento de los huevos de cocodrilo. Sin tener para nada en cuenta su propia participación en el asunto, Livingstone se quejaba de los “frecuentes embarazos” de su esposa, y los comparaba con la producción de una “gran fábrica irlandesa”. Pero Livingstone sí amaba a sus hijos, y en sus últimos años se arrepintió de no haber pasado más tiempo con ellos.

En 1852 Livingstone ya sabía que los viajes exploratorios en África no eran para una madre con sus hijos pequeños. Al principio había justificado el riesgo así: “Es una aventura llevar a la esposa y a los hijos a un campo donde prevalece la fiebre Africana. Pero, ¿quién que cree en Jesús se niega a hacer una aventura por tal Capitán?” Sin embargo, ya no podía soportar más las críticas de sus suegros y de otras personas. En marzo de 1852 despidió a María y a sus hijos en El Cabo y los mandó a Inglaterra. ¿Cómo pudo él sacrificar a su familia por la exploración del África? “Sólo la convicción profunda de que este paso era para la gloria de Cristo me hizo dejar a mis hijos huérfanos.”

Los cinco años siguientes fueron muy duros para María. Un biógrafo escribió que ella y los niños no sólo estaban “sin hogar y sin amigos”, sino que también “a menudo vivían casi en la pobreza en alojamientos baratos”, Y también murmuraban algunos misioneros de la SML que María había caído en gran oscuridad espiritual y que estaba ahogando su miseria en el alcohol. Pero para Livingstone este período fue emocionante y exitoso, mucho más que todo el tiempo anterior que había pasado en el África. En sus primeros once años había hecho poco de importancia. No tenía creyentes maduros, ni una misión ni una iglesia en vías de progreso. El había sido antes un explorador frustrado, limitado por su ambiente y amarrado por su familia. Ahora tenía libertad de movimiento y el interior de África lo llamaba.

La primera — y la mayor — expedición de Livingstone lo llevó a través del continente de África a lo largo del río Zambeze. Después de despedir a su familia en El Cabo, regresó lentamente con rumbo norte, se detuvo en Kuruman y después siguió hacia su tribu favorita, la de los macololos. Allí reclutó a varios hombres para que lo acom- pañaran en una expedición. Comenzaron en el África Central y siguieron el río hacia el noroeste hasta la costa de Luanda. Ese fue un viaje peligroso con continuas amenazas de tribus hostiles y el terror de la mortal fiebre Africana; pero Livingstone nunca se sintió tentado a regresar. Aunque él fue principalmente un explorador, nunca dejó por completo la evangelización. Con él llevaba una “linterna mágica” (un simple proyector de transparencias) con dibujos de escenas bíblicas. El iba sembrando la semilla para la futura obra misionera. Después de seis meses de fatigosos viajes, Livingstone y sus hombres hicieron historia cuando reaparecieron vivos en la costa.

Aunque recibió ofertas de capitanes de barcos que estaban dispuestos a llevarlo a Inglaterra, Livingstone dio la vuelta y comenzó su viaje de regreso por el río Zambeze hacia la costa oriental. El había prometido devolver a los macololos a su tierra. Su viaje de regreso fue lento debido a decenas de ataques de fiebres. Doce meses después llegó a Linyanti, su punto de partida original. De allí continuó hasta las cataratas, las que llamó Victoria en honor de su reina. A partir de allí, el único objetivo de Livingstone era explorar el Zambeze como posible ruta comercial desde el este. Cuanto más se encontraba con el inhumano tráfico de esclavos de los portugueses y árabes, tanto más convencido estaba de que sólo la combinación de “comercio y cristianismo” podría salvar al África. El sabía bien que los esclavistas extranjeros no podrían mantener su negocio sin la coo- peración de los Africanos (algunas tribus capturaban esclavos de otras tribus para venderlos). Esta solución traería un comercio legítimo al África, y Livingstone creía que sólo se podría lograr esto con una ruta de navegación comercial.

Aunque la expedición de Livingstone no siguió el Zambeze en toda la trayectoria, Livingstone, no obstante, llegó a la costa en mayo de 1856. Proclamó con confianza (aunque estaba equivocado) que el Zambeze era navegable. Aquella fue una ocasión feliz, aunque otra vez Livingstone tuvo el desengaño, como en la costa occidental, de no encontrar ninguna carta de María en toda su correspondencia.

A su regresó a Inglaterra en diciembre de 1856, después de quince años en África, se le rindió tributo a Livingstone como héroe nacional. Después de pasar sólo tres días con su familia, se fue a Londres donde comenzó una gira de un año para hablar ante multitudes aduladoras y recibir algunas de las más altas condecoraciones de la nación. Durante su año en Inglaterra, Livingstone también escribió su primer libro Viajes misioneros e investigaciones científicas en África del Sur. Esto inspiró la fundación de nuevas sociedades misioneras. Esa fue una ocasión cumbre en su vida y también una oportunidad para tomar decisiones. Antes de volver al África en 1858, Livingstone rompió sus lazos con la Sociedad Misionera de Londres. Aceptó inmediatamente una comisión del gobierno británico que le permitió disponer de más fondos y equipo.

Los últimos quince años de la vida de Livingstone nunca se compararon con la gloria que obtuvo en 1857. Volvió al África con una comitiva oficial para su segunda expedición. Allí descubrió entonces que el río Zambeze no era navegable. La sección del río que él no había recorrido en su viaje anterior tenía gargantas rocosas y fuertes rápidos. Con gran desengaño, se volvió hacia el noroeste (cerca de la costa oriental) para explorar el río Shire y el lago Nyassa. Desafortunadamente, los esclavistas seguían sus pasos y descubrimientos. Por eso, por algún tiempo, su exploración contribuyó más a abrirle campo al tráfico de esclavos que a las misiones.

Los misioneros también seguían su senda hacia el río Shire, pero con dolorosos sacrificios. La Misión de las Universidades al África Central (MUAC), fundada a raíz del emocionado discurso de Livingstone en Cambridge, entró a esa zona con entusiasmo y la falsa promesa de condiciones de vida favorables. Livingstone no era buen organizador y pronto la misión se encontraba en un caos. El obispo Carlos Mackenzie, el clérigo de más alto rango del grupo, resultó una figura controversial. Se decía que éste había “llegado al África con el báculo en una mano y el rifle en la otra”, y que no vacilaba en usar su rifle ni en distribuir armas de fuego entre los Africanos amigos a fin de atacar a la vil tribu ajawa que traficaba con esclavos.” Su conducta fue un escándalo y dañó gravemente el testimonio de la MUAC. Antes de un año, Mackenzie y otros del grupo misionero ya habían perecido. También había muerto María, la esposa de Livingstone, quien había dejado a sus hijos en Inglaterra para unirse a su esposo en 1861.

Livingstone volvió a Inglaterra en 1864, esta vez con menos aclamación. Su segunda expedición no había tenido el éxito esperado.

En 1865 Livingstone regresó al África por última vez para comenzar su tercera expedición. Esta vez tenía el propósito de descubrir las fuentes del río Nilo. El no llevó europeos y, en realidad, no vio a ningún europeo durante siete años. Este fue un tiempo difícil para él. Su cuerpo estaba debilitado por la desnutrición, la fiebre y las hemorroides sangrantes. A menudo los árabes traficantes de esclavos le robaban sus provisiones. No obstante, este fue un período feliz en su vida. Aunque no pudo descubrir las fuentes del Nilo, sí hizo otros descubrimientos de importancia, y se hallaba en paz consigo mismo y con el mundo que lo rodeaba. La única excepción era el siempre presente tráfico de esclavos que le torturaba la conciencia. Con el correr del tiempo, los Africanos se acostumbraron al anciano barbudo y sin dientes que con frecuencia les hablaba de su Salvador.

Durante los últimos años de Livingstone en África, circulaban rumores de su muerte. La gente en todo el mundo todavía lo respetaba y tenía curiosidad de este anciano excéntrico que vivía en las selvas de África. Fue esta curiosidad la que hizo que el editor del Herald de Nueva York enviara a su polifacético y ambicioso reportero, Henry Stanley, a encontrar a Livingstone vivo o muerto. Después de varios meses de búsqueda, Stanley encontró a Livingstone en Ujiji, cerca del lago Tanganica, a fines de 1871. Después de desmontar de su caballo, Stanley lo saludó inclinándose y diciendo la ridícula frase que sería posteriormente motivo de chistes: “El doctor Livingstone, me supongo.”

Livingstone recibió con beneplácito la llegada de Stanley. Este traía alimentos, medicinas y otras provisiones que Livingstone necesitaba. Tal vez lo más importante fue que le hizo compañía y le llevó noticias del mundo exterior. Estos dos hombres se hicieron muy buenos amigos. En un tributo conmovedor, Stanley describe así los meses que pasaron juntos:

Durante cuatro meses v cuatro días vivimos en la misma casa, bote o toldo, y nunca encontré falta en él. Fui al África con tantos prejuicios religiosos como el peor infiel de Londres. Para un periodista como yo, que sólo tenía que ver con guerras y asuntos políticos, los asuntos sentimentales no tenían importancia. Pero entonces tuve mucho tiempo para la meditación. Me encontraba aislado de lo mundano. Yo veía a ese hombre solitario allí, y me preguntaba: “¿Por qué se detiene aquí él? ¿Qué es lo que lo inspira?” Durante meses después de conocernos me hallaba escuchándolo y maravillándome ante este anciano que había obedecido el mandato de Cristo: “Déjalo todo y sígueme.” Poco a poco me fue convirtiendo, sin intentarlo, al ver yo su piedad, su celo, su ansia, su gentileza y la manera tranquila como llevaba a cabo su obra.

Livingstone vivió poco más de un año después de la partida de Stanley. En la mañana del primero de mayo de 1873 sus siervos Africanos lo encontraron muerto, de rodillas junto a su catre. Ellos amaban al anciano y su mayor tributo fue entregar su cuerpo y sus documentos personales a los que fueran sus socios en la costa. Después de enterrar su corazón debajo de un árbol en Mpundu, el cuerpo fue disecado al sol hasta momificarlo. Luego lo transportaron por tierra por más de 2.300 Km hasta la costa.

En Inglaterra se le dio sepultura oficial a Livingstone en la abadía de Westminster en una ceremonia a la cual asistieron dignatarios de todo el país. Fue un día de luto para sus hijos, quienes fueron a despedir al padre que en realidad no habían conocido bien; pero fue una hora muy triste también para Roberto Moffat, ahora un anciano de setenta y ocho años, quien caminó lentamente frente al féretro del hombre que varias décadas antes, en la misma ciudad, había recibido la visión de “un millar de aldeas a las que no ha ido ningún misionero”.

Más biografias de este tipo en: https://heliocolombe.wordpress.com/tag/misioneros/

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