Guillermo (William) Carey – El pionero de los pioneros

Guillermo (William) Carey, un zapatero inglés pobre, no parecía destinado a la grandeza. Sin embargo, se lo ha llamado con propiedad “el padre de las misiones modernas”. Más que cualquier otro individuo de la historia moderna, él estimuló la imaginación del mundo cristiano al demostrar, con su humilde ejemplo, lo que se podía y debía hacer para llevar a Cristo a un mundo perdido. Aunque pasó por pruebas muy duras en sus cuarenta años como misionero, demostró una tenaz determinación por obtener el éxito de su empresa al jamás darse por vencido. ¿Cuál fue su secreto? “Yo puedo trabajar con insistencia. Puedo perseverar en lo que me proponga. A esto lo debo todo.”1 La vida de Carey ilustra a profundidad el ilimitado potencial de un individuo muy común. El fue un hombre que, sin su gran consagración a Dios, sin duda hubiera vivido una existencia muy mediocre.

Carey nació en 1761 cerca de Northampton, Inglaterra. Su padre era tejedor y trabajaba en una habitación de su casa. Aunque la pobreza era general en familias como la de Carey, la vida para ellos era sencilla y sin complicaciones. La revolución industrial solamente había comenzado a reemplazar la industria doméstica con los grandes talleres y las ruidosas textilerías. La niñez de Carey fue rutinaria, excepto por los problemas persistentes de las alergias que le impidieron lograr su sueño de llegar a ser jardinero. En vez de eso, entró de aprendiz de zapatero a la edad de dieciséis años y siguió en esa vocación hasta los veintiocho años de edad. El se convirtió en su juventud y, poco después, tuvo una participación activa en un grupo de bautistas. El dedicaba su tiempo libre al estudio de la Biblia y a los ministerios laicos.

En 1781, antes de cumplir los veinte años, Carey se casó con la cuñada de su maestro. Dorotea era cinco años mayor que él y, como muchas otras mujeres inglesas de su clase en el siglo dieciocho, era analfabeta. Desde el principio se vio que no se entendían y, al pasar el tiempo y al ampliarse los horizontes de Carey, las diferencias entre ellos fueron en aumento. Los primeros años del matrimonio fueron de dificultades y pobreza. Por algún tiempo, Carey no sólo tenía la responsabilidad de su propia esposa e hijos, sino también la de la viuda de su difunto maestro y sus cuatro hijos.

A pesar de la dura situación económica, Carey no dejó de estudiar ni de predicar. En 1785 aceptó la invitación a pastorear una pequeña congregación bautista. Allí sirvió hasta que lo llamaron a una iglesia más grande en Leicester. Allí también se vio forzado a buscar otro empleo para sustentar a su familia. Durante estos años de pastorado comenzó a tomar forma su filosofía de las misiones, iniciada primero por su lectura de Los viajes del capitán Cook. Poco a poco él desarrolló la perspectiva bíblica del asunto, y se convenció de que las misiones eran la responsabilidad central de la iglesia. Sus ideas eran revolucionarias. Muchos, si no la mayoría, de los clérigos del siglo dieciocho creían que la Gran Comisión había sido dada sólo a los apóstoles; por eso la conversión de los “gentiles” no les correspondía, especialmente si no estaba vinculada al colonialismo. Cuando Carey presentó sus ideas a un grupo de pastores, uno de ellos dijo: “Siéntese, joven. Cuando Dios quiera convertir a los gentiles, El lo hará sin su ayuda ni la mía.”2 Carey no se quedaría callado. En la primavera de 1792 publicó un libro de ochenta y siete páginas, de grandes consecuencias, el cual se ha comparado a Las noventa y cinco tesis de Lutero en importancia por su influencia en la historia del cristianismo.

El libro “Estudio sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los gentiles” (y eso que se trataba de un título abreviado), presentaba muy bien el caso de las misiones y contradecía los argumentos que decían que no se debían enviar misioneros a tierras lejanas. Después de la publicación del libro, Carey habló a un grupo de pastores en una conferencia de la Asociación Bautista en Nottingham. Allí él retó a su auditorio con Isaías 54:2-3 y dijo sus famosas palabras: “Esperen grandes cosas de Dios; intenten grandes cosas para Dios.” Al día siguiente, en gran parte por su influencia, los pastores decidieron organizar una nueva junta misionera, que se conoció como la Sociedad Misionera Bautista. La decisión no se tomó a la ligera. La mayoría de los pastores de la asociación vivían, como Carey, con ingresos muy bajos. La participación en las misiones requería grandes sacrificios económicos por parte de los pastores y de sus congregaciones.

Andrés Fuller, el pastor más destacado que apoyaba la nueva sociedad, fue su primer secretario. El primer misionero nombrado fue Juan Thomas, laico bautista que había ido a la India como médico de la marina real. El se quedó allí después de cumplir su tiempo de servicio para hacer la obra misionera como médico y evangelista independiente. De inmediato Carey se ofreció a la nueva sociedad como un “adecuado acompañante” de Thomas y lo aceptaron con beneplácito.
Aunque Carey había estado muy interesado en las misiones por mucho tiempo, su decisión de ofrecerse para ese servicio fue apresurada. Se podrían pasar por alto la angustia de su iglesia al perder a su pastor y el hecho de que su padre lo tildó de “loco”, pero la reacción de su esposa debió, por lo menos, demorar un poco su decisión. No debe sorprendernos que Dorotea, con tres niños pequeños y otro en camino, haya rehusado dejar su patria para emprender un viaje peligroso de cinco meses (complicado por la declaración de guerra muy reciente de Francia contra Inglaterra) para pasar el resto de su vida en el malsano clima tropical de la India. Otras mujeres hubieran estado dispuestas a hacer tales sacrificios, y muchas lo hicieron después, pero Dorotea era diferente. Si hubiera una “madre de las misiones modernas”, de seguro que no sería ella, pues se opuso con todas sus fuerzas a ese viaje.

Si Dorotea pensaba que su actitud de negarse a acompañar a su esposo lo haría cambiar de idea, estaba equivocada. Carey, aunque angustiado por la decisión de ella, estaba decidido a salir, aunque fuera sin ella. El prosiguió con los planes, que incluían un pasaje para su hijo Félix, de ocho años de edad. En marzo de 1793, después de meses de visitar las iglesias para recaudar fondos, Carey y Thomas fueron comisionados por la sociedad. Junto con Félix y la esposa y la hija de Thomas, abordaron un barco en el río Támesis, el cual los debía llevar a la India. Su viaje terminó de modo abrupto en Portsmouth, Inglaterra. Los problemas monetarios (de Thomas y sus acreedores) y la falta de licencia pastoral les impidió seguir adelante.

La demora fue una desilusión para los misioneros, pero condujo a un tremendo cambio en los planes. Dorotea, que ya había dado a luz tres semanas antes, de mala gana estuvo de acuerdo en unirse al grupo misionero con sus hijitos, con la condición de que Kitty, su hermana menor, pudiera acompañarla. La obtención de los fondos para los nuevos pasajeros fue un difícil obstáculo, pero el 13 de junio de 1793 abordaron un barco danés y salieron hacia la India. El largo y peligroso viaje por el cabo de Buena Esperanza no carecía de sus momentos aterradores, pero el 19 de noviembre llegaron a salvo a la India.

El tiempo de su llegada no era favorable para el establecimiento de la obra misionera. La Compañía del Este de la India parecía tener el control del país, y su hostilidad a la obra misionera se manifestó muy pronto. La compañía temía todo lo que pudiera interferir con sus prósperas empresas comerciales. Carey se dio cuenta pronto de que no era bien recibido. Por temor a la posible deportación, se mudó con su familia al interior. Allí, rodeados de pantanos plagados de malaria, los Carey vivieron en circunstancias horribles. Dorotea y los dos niños mayores enfermaron de gravedad, y el cuidado de la familia requería toda la atención de Carey. Sus sueños idealistas de la obra misionera se desvanecían rápidamente. Asimismo lo entristecía que su esposa y Kitty “de continuo le echaban la culpa de sus aflicciones”3 y envidiaban a la familia de Thomas, que vivía cómodamente en Calcuta. Después de unos meses, su situación se vio aliviada por la generosidad y bondad del señor Short, un funcionario de la Compañía del Este de la India quien, aunque era incrédulo, se apiadó de ellos y los recibió en su casa por todo el tiempo que quisieran quedarse. Sin embargo, muy pronto los Carey se trasladaron a Malda, a unos 480 kilómetros al norte, donde Carey pudo conseguir trabajo como capataz en una fábrica de índigo.

Los años pasados en Malda fueron difíciles. Aunque Carey estaba contento con su nuevo empleo, pues en la fábrica podía aprender el idioma y hacer obra personal, los problemas familiares continuaban. Kitty se había quedado atrás para casarse con el señor Short. La salud de Dorotea y su estabilidad mental iban empeorando cada día. La muerte trágica, en 1794, de Pedrito, su niño de cinco años, la hizo perder el juicio. Nunca más pudo recobrar por completo sus facultades mentales. La situación era lastimosa y sus colaboradores dijeron más tarde que ella estaba “completamente trastornada”.

A pesar de su traumática situación familiar y de la continuación del trabajo en la fábrica, Carey no olvidó el propósito que lo había llevado a la India. El pasaba varias horas al día en la traducción de la Biblia, y también predicaba y establecía escuelas. Para fines de 1795, ya se había establecido una iglesia bautista en Malda. Era un principio, aunque sólo había cuatro miembros, y todos eran ingleses. Sin embargo, a los cultos asistía una multitud de bengalíes y Carey podía afirmar con confianza que “el nombre de Jesucristo ya no es desconocido en este vecindario”. Pero no había fruto. Después de casi siete años de trabajo en Bengala, Carey no había obtenido la conversión de un solo hindú.4

A pesar de su aparente falta de éxito, Carey se sentía satisfecho de su obra misionera en Malda y se sintió muy frustrado cuando tuvo que salir de allí en 1800. Habían llegado nuevos misioneros de Inglaterra y, para evitar las constantes molestias ocasionadas por la Compañía del Este de la India, se habían establecido cerca de Calcuta en el territorio danés de Serampore. Se necesitaba con urgencia la ayuda de Carey para fundar la nueva misión. Así que de mala gana partió de Malda con su familia.

Muy pronto Serampore se convirtió en el centro de la actividad misionera bautista en la India, y fue allí donde Carey pasó los últimos treinta y cuatro años de su vida. Carey y sus colaboradores, Josué Marshman y Guillermo Ward, conocidos como “el trío de Serampore”, serían uno de los equipos misioneros más famosos de la historia. El centro misionero, que alojaba a diez adultos y a sus nueve hijos, tenía un ambiente familiar. Los misioneros vivían juntos y lo tenían todo en común, tal como la Iglesia primitiva del libro de Los Hechos. Los sábados por la noche se reunían para orar y presentar sus quejas, siempre “prometiéndose el amor mutuo”. Las responsabilidades se compartían según la habilidad de cada uno, y la obra progresaba sin complicaciones.

El gran éxito de la misión en Serampore durante los primeros años se debió en mucho a la santidad de Carey. Su buena disposición para sacrificar los bienes materiales y hacer más de lo que era su deber fueron un ejemplo constante para los demás. Además, él tenía una capacidad especial para pasar por alto las faltas de los otros. Aun con respecto a Thomas, quien administraba mal los fondos de la misión y era una vergüenza debido a sus descuidos en cuanto a las deudas, Carey podía decir: “Lo amo y vivimos en completa ar- monía.” Al describir a sus colaboradores, Carey escribió: “El hermano Ward es precisamente la persona que queríamos. . . Emprende su trabajo con toda su alma. Me complace mucho… El hermano Marshman es un prodigio de diligencia y prudencia, al igual que su esposa. ..”5

Serampore era un ejemplo armonioso de cooperación misionera y los resultados lo hacían patente. Se organizaron escuelas, se instaló una imprenta y, por encima de todo, se hicieron traducciones de la Biblia. Durante sus años en Serampore, Carey hizo tres traducciones de toda la Biblia (en bengalí, sánscrito y marati), colaboró en otras traducciones completas de la Biblia y tradujo el Nuevo Testamento y partes de las Escrituras a muchos otros idiomas y dialectos. Desafortunadamente, su calidad no siempre era tan buena como la cantidad. El secretario de la misión, Andrés Fuller, lo regañó por su inconsistencia en la ortografía y otros problemas del texto que envió a Inglaterra para su publicación: “Nunca conocí a una persona con tanto conocimiento de otros idiomas como el que usted, que escribiera tan mal el inglés… Si su Nuevo Testamento en bengalí está escrito así, temo por la suerte de este. ..”6 Los temores de Fuller estaban bien fundados y Carey, para su amargo desengaño, vio que parte de su obra era incomprensible. Pero el incansable traductor no se dejó vencer por ello. Volvió a su trabajo y revisó su traducción por completo hasta convencerse de que ya era comprensible.
La evangelización formaba también parte importante de la obra en Serampore. Después de un año de establecida la misión, los misioneros tuvieron el gozo de tener el primer creyente. Al año siguiente hubo más conversiones pero, en general, se progresaba con lentitud. En 1818, después de veinticinco años de misiones bautistas en la India, había unos seiscientos creyentes bautizados y varios millares más que asistían a los cultos y a las clases.

A pesar del intenso trabajo evangelístico y de traducción, Carey siempre encontraba tiempo para hacer algo más. Uno de sus grandes logros fue la fundación de la Universidad de Serampore para la preparación de evangelistas y fundadores de iglesias autóctonas. La escuela se inició con treinta y siete estudiantes hindúes, más de la mitad de los cuales eran cristianos. Otro campo de logros educativos fue su enseñanza secular. Al poco tiempo de su llegada a Serampore fue invitado a ocupar la cátedra de idiomas orientales en la Universidad Fort William de Calcuta. Fue un gran honor para Carey, un zapatero sin educación, que le hubieran pedido que asumiera tal posición de privilegio. Con el entusiasta apoyo de sus colegas, aceptó. Este empleo dio a los misioneros los ingresos que tanto necesitaban. Este puesto también los puso en mejor relación con la Compañía del Este de la India. Allí Carey tuvo la oportunidad de mejorar su capacidad idiomática debido a las exigencias de sus alumnos.

Debido a sus ocupaciones, Carey no pudo dar a sus hijos la disciplina paterna que necesitaban. Aun cuando él estaba con ellos, su carácter bonachón fue un obstáculo para la disciplina firme, cuya falta se manifestaba en la conducta de los muchachos. Al hablar de esta situación, Hannah Marshman escribió: “El buen hombre veía y lamentaba la maldad, pero era demasiado dulce para aplicar un remedio eficaz.”7 Afortunadamente, la señora Marshman se encargó del problema. Si no hubiera sido por los fuertes regaños de esa querida señora y del interés paternal de William Ward, los hijos de Carey se hubieran descarriado.

En 1807, a la edad de cincuenta y un años de edad, murió Dorotea Carey. Sin duda su muerte fue un alivio para Carey. Ya hacía mucho tiempo que ella había dejado de ser un miembro útil de la familia misionera. En realidad, ella era un obstáculo para la obra. Juan Marshman escribió que Carey trabajaba a menudo en las traducciones en tanto que su trastornada esposa, con frecuencia en un estado de triste excitación, disparataba en la habitación de al lado. ..”8

Durante sus años en Serampore, Carey había conocido a Lady Carlota Rumohr, de la realeza danesa, quien vivía en Serampore con la esperanza de que el clima mejorara su deteriorada salud. Aunque cuando llegó a Serampore era escéptica, ella asistía a los servicios religiosos de la misión. Se convirtió y fue bautizada por Carey en 1803. Después de su conversión, dedicó su tiempo y su dinero a la obra de la misión. En 1808, unos pocos meses después de la muerte de Dorotea, Carey anunció su compromiso con Lady Carlota.

Los trece años de matrimonio con Carlota fueron felices. Durante ese tiempo, Carey estuvo verdaderamente enamorado, tal vez por primera vez en su vida. Carlota era muy inteligente y tenía habilidad lingüística, por lo cual podía ayudar a Carey en el trabajo de las traducciones. Ella también mantuvo una estrecha relación con los muchachos y se convirtió en la madre que nunca habían tenido. Cuando ella murió en 1821, Carey escribió: “Gozamos de una felicidad conyugal que nunca ha sido vivida por ningún otro mortal.” Dos años después, a la edad de sesenta y dos años, Carey se casó con Graciela Hughes, una viuda diecisiete años menor que él. Aunque Graciela no era tan inteligente como lo había sido Carlota, Carey la alababa por su “constante preocupación y excelente cuidado” durante sus frecuentes enfermedades.9

Una de las más grandes tragedias que soportó Carey, durante sus cuarenta años de servicio ininterrumpido en la India, fue la pérdida de sus manuscritos en un incendio de una bodega en 1812. Carey no estaba presente cuando eso ocurrió, pero la terrible noticia de que se habían quemado su extenso diccionario políglota, dos libros de gramática, y versiones completas de la Biblia no podía permanecer oculta. Si su temperamento hubiera sido diferente, tal vez no habría podido soportar el daño; pero Carey aceptó la tragedia como un juicio de Dios y volvió a empezar, esta vez con mayor entusiasmo.

Los primeros quince años de Carey en Serampore fueron de cooperación y trabajo conjunto. Salvo algunos problemas ocasionales, la pequeña comunidad bautista de la India vivía en armonía. Tal vez era increíble que la situación fuera tan buena, y la paz no duró. Los quince años siguientes fueron de constante conflicto. El espíritu de unidad desapareció con la llegada de nuevos misioneros que no estaban dispuestos a vivir la vida comunal de los misioneros de Serampore. Sin duda se justificaba que los nuevos misioneros se sintieran desdeñados. Los obreros ancianos ya estaban acostumbrados a su sistema, y cerrados al cambio. Si los nuevos misioneros hubieran manifestado el amor y la paciencia característica del equipo de Serampore, se hubiera podido hallar solución a las diferencias. Desafortunadamente ese no fue el caso y, como resultado, vino la división de los dos grupos. Los misioneros jóvenes formaron la Unión Misionera de Calcuta y empezaron a trabajar a unos pocos kilómetros de distancia de sus hermanos bautistas. “Carecen de delicadeza”, fueron las palabras que uso Guillermo Ward para describir la situación.10

El problema se puso más crítico cuando la junta de la misión recibió las noticias y trató el asunto. La junta original encabezada por Andrés Fuller ya no existía. Esa pequeña junta de tres se había multiplicado varias veces, y la mayoría de los miembros conocían a Carey solamente por sus cartas. Fuller y otro de los integrantes originales de la junta habían muerto, dejando así una junta que favorecía a los miembros jóvenes que ella misma había comisionado como misioneros. Durante la administración de Fuller se había insistido en dos razones para la autonomía de Serampore: “Una es que consideramos que ellos son más capaces de gobernarse a sí mismos de los que somos nosotros de gobernarlos a ellos. Otra es que ellos están demasiado lejos para esperar nuestras instrucciones.”11 Pero la nueva junta no estaba de acuerdo. Sus miembros creían que todos los asuntos de importancia de Serampore deberían estar bajo su control directo. Al fin, en 1826, después de años de conflictos, la Misión de Serampore rompió relaciones con la Sociedad Misionera Bautista.

Ese rompimiento fue un fuerte golpe económico para los misioneros de Serampore. Aunque este equipo se había sustentado a sí mismo durante la mayor parte de su existencia, pues recibían sólo un bajo porcentaje de sus fondos de Inglaterra, las circunstancias estaban cambiando. Había misioneros en más de una docena de puestos misioneros que necesitaban sostenimiento, y otros necesitaban atención médica. El equipo de Serampore ya no podía sostenerlos a todos. Carey y Marshman (Ward ya había muerto) no tuvieron más remedio que poner a su misión bajo la jurisdicción de la sociedad de Inglaterra. Poco después de eso, la junta envió una buena cantidad de dinero y unas cartas muy amables. Así comenzó el proceso de sanidad de esa dolorosa situación.

Carey murió en 1834, después de dejar para la posteridad su indeleble marca en la India y en las misiones. Su influencia en la India trascendió los límites de sus enormes logros lingüísticos, sus instituciones educativas y los cristianos que él pastoreó. También influyó en el cambio de costumbres hindúes perversas, gracias a su larga lucha contra la incineración de viudas y los infanticidios. Pero, salvo esas excepciones, él se esforzó por dejar intacta la cultura autóctona. Carey se adelantó a su época en cuanto a la metodología misionera.

El respetaba mucho la cultura hindú y nunca trató de importar sustitutos de la cultura occidental, como tratarían de hacer tantos misioneros que vinieron después de él. Su meta era organizar una iglesia autóctona “mediante predicadores indígenas”, y al proporcionarles las Escrituras en la lengua materna de la gente, y a ese fin dedicó su vida. Pero la influencia de Carey no se sintió solamente en la India. En Inglaterra, en el continente europeo y en Norteamérica se seguía con interés su obra; allí la inspiración de su valeroso ejemplo sobrepasó en importancia a todos sus logros en la India.

Más biografias de este tipo en: https://heliocolombe.wordpress.com/tag/misioneros/

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