¿CON QUÉ SANGRE EN LAS MANOS?

El que servia a Dios pretendía llegar a la presencia del Creador que lo esperaba dentro del Lugar Santísimo, en el recinto del Arca. Por lo tanto, tal hombre debía transcurrir un camino hacia el encuentro con Dios. Estando ya delante de Dios, si aceptado, podría por fin, pedirle, adorarle, interceder, etc.

El detalle es que éste no podría presentarse sin sangre. La sangre tendría que ser presentada ante Dios justamente dentro del Lugar Santísimo. La sangre debía ser de una víctima inocente, debía ser una sangre limpia y por lo tanto, jamás de la misma persona. La sangre de la misma persona era indigna, no servía. Sería mucha presunción y sacrilegio presentar su propia sangre para requerir algún beneficio a sí mismo. Eso sería creer que su vida era digna de ser atendida por sus propios méritos, por su propia historia. Nunca jamás alguien entró al Lugar Santísimo por medio de su propia dignidad. Nunca nadie tocó el Arca con su propia sangre en las manos.

El único que se presentó de esta manera fue Jesucristo. Nadie más tiene ese mérito o derecho. Querer presentarse a Dios para exigir lo que sea tomando de su propia dignidad es querer igualarse a Cristo. Es creerse un otro Cristo.

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22).

¿Qué sangre “ofrezco” a Dios para que escuche y me acepte en su presencia? ¿Mi propia sangre? ¿Mis propios sacrificios y esfuerzos? ¿Mi propia dignidad, méritos alcanzados o rectitud?

¿SERÁ QUE AUN NO ENTENDISTE QUE ESO ES UN SACRILEGIO CONTRA LA OBRA DE JESUCRISTO?

Por eso oramos así:

“Dios Creador y Todopoderoso, me acerco a Tí invocando sobre mi vida la Sangre de Jesucristo para que me aceptes a mí y a mi oración. Acepta Señor la ofrenda de Jesucristo por mí. Es lo que que reclamo para ser salvo y bendecido ante Tu presencia. Y con esta certeza, de que eso es lo suficiente, tengo osadía y alegría de pedirle como un hijo pide al padre sin necesidad de comprarle nada, todas las bendiciones prometidas en tus Palabras… Que Jesucristo, mi Salvador y Señor, esté ahora a Tu diestra reclamando por medio de Sus méritos alcanzados la respuesta a mis peticiones que Te hago en Su nombre”

Reflexiona día y noche sobre esta oración y su significado. Ciertamente el Espíritu de Dios te revelará su profundidad y eficacia.

El Señor Jesús por medio de su sangre, nos abrió el camino al Padre y a su Lugar Santísimo. El que va hacía Él con la Sangre de Cristo en sus manos (y no el suyo) es aceptado y bendecido. El que va hacia Dios con su propia sangre en las manos comete sacrilegio y evita el Camino ofrecido por Cristo.

Esta pobre criatura hace la conocida oración del fariseo que se apoyaba en sus propias obras y supuesta dignidad:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lucas 18:11-12)

Si no aprendimos aun a creer en eso, no sabemos todavía que significa tener fe en Jesús. Luego, no estamos salvos.

LA SANGRE DE CRISTO EN LA HISTORIA RELIGIOSA

En un muy breve resumen, esa fue y es la manera de cómo la Sangre de Cristo ha sido creída o vista en la historia religiosa.

1) Por los judíos: Los judíos nunca aceptaron ni de lejos la idea que es por medio de la sangre de Jesucristo que Dios acepta y considera el hombre. Ellos creen que serán salvos por causa de su raza o por convertirse a su raza. Creen en una salvación racista.

2) El catolicismo romano: Este sistema mostró su creencia principalmente en la Edad Media cuando enseñaban que por medio del pago de las indulgencias el hombre sería aceptado por Dios y salvo. Esas indulgencias era un valor en dinero que se daba con el fin de construir una catedral en Vaticano. Hoy día, un católico es el religioso más confuso en responder cómo se puede ser salvo, ya que unos creen que es por intercesión indirecta de María; otros creen que es por medio de veladoras prendidas al muerto que está en un purgatorio; otros, por cumplir al pié de la letra los 10 mandamientos (pese que casi todos los católicos violan el mandamiento que condena cualquier culto a imágenes de lo que hay arriba en los cielos). En fin, ¿qué nos salva para los católicos: la sangre de María, del familiar, de la propia persona, el pago de un impuesto, o qué?

Pero, NO es el dinero que nos rescata, ni que nos abre camino a Dios:

“Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19).

3) El cristianismo moderno: Estos critican el método católico y judío, pero hacen una mezcla sutil también inspirada por el diablo: Creen en los méritos de Cristo, pero no complemente, ya que hay que tener sus propios méritos también. En su creencia, nosotros también tenemos que alcanzar méritos. Eso significa decir que los de Cristo NO son suficientes. Tengo que traer en mi diestra la sangre de Cristo y con la otra mi propia sangre (sacrificios). La fe está en dos señores, en dos amos, en dos salvadores. Para que Dios me escuche, tengo que tener mis méritos, caso contrario, apenas los de Cristo no son suficientes. Pedir en nombre de Jesucristo es no más que una fórmula mágica, pues se pide en nombre de Jesús y en su nombre también. El demonio no sale por la fe total en Este nombre que tiene toda potestad, sino en nuestro propio nombre también.

¡Si probáramos profunda y duraderamente la Fe APENAS en los méritos (dignidad, créditos) de Jesús para conseguir todo de Dios y para vencer todo infierno y pecado, ciertamente habríamos de crecer en una espiritualidad jamás imaginada! Estaríamos viviendo algo semejante a lo que los primeros apóstoles y cristianos vivieron en la primicia de los tiempos del Nuevo Testamento.

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