La cumbre de la montaña de la fortuna

A un hombre le presentaron una montaña, esta montaña muy alta tenía en su inicio un portal muy grande escrito:

– LA MONTAÑA DE LA FORTUNA, LOS QUE LA SUBAN NO HARÁN NADA MÁS EN SU VIDA SINO SUBIRLA.

De hecho la montaña era tan alta de modo que los que se aventurasen a subirla gastarían todas sus vidas en llegar al tope, no habría más tiempo para bajarla o para desistir del viaje, pues la montaña era muchísimo alta y los que se atreviesen subirla llevarían tanto tiempo, mas tanto tiempo que, al llegar allá habrían agotado todas sus vidas.

La cumbre de esta montaña era de oro, algo muy atractivo, lucía como nada en la Tierra, y todos se quedaban seducidos por el brillo que de muy lejos se veía, era algo que les retaba y casi todo ser humano quería llegar allá al tope de la montaña.

Pero, había un secreto que nadie sabía, sino apenas el Viejo Sabio de aquel reino. En la cima del gran monte, exactamente allá en el punto más alto de la montaña, había una placa de madera muy sencilla. En esta placa había un mensaje secreto que apenas el Viejo Sabio sabía. El mensaje de la placa era mucho más valioso que toda riqueza y oro que cubría la montaña de la fortuna.

El mensaje de la placa era tan fuerte que dicen que algunos pocos locos que lograron llegar allá y lo leyeron en seguida se suicidaron ahí mismo. El mensaje era una especie de maldición o de bendición, no se sabe, ya que dependiendo de donde uno lo conociera, recibiría vida o muerte.

Eso porque si uno descubriera el mensaje de allá del tope de la Montaña, sería muerto, mas los que lo oyesen de la boca el Viejo Sabio recibiría vida y bendición.

Sin embargo, casi nadie creía que el Viejo Sabio supiera del mensaje. Nadie creía que aquel hombre vestido de ropas sencillas y con una vida extremadamente sencilla realmente supiera de lo que estaba escrito en la placa. Ellos querían descubrir por sí mismos, querían gastar toda la vida en subir la montaña de la Fortuna, alcanzar el oro de toda montaña, leer la placa y vencer la muerte.

Aun así, había un grupo de hombres pacatos que creían en el Viejo. Eran hombres con ropas del campo, manos con callos, rostro sufrido, piel morena. Ellos vivían al pié de la Montaña desde que nacieron, pero tenían algo muy curioso: Siempre estaban de espalda al monte. Ellos se rehusaban hasta mismo en mirar para la montaña cubierta de oro. Era raro que este pueblito que vivía tan cerca al Monte de la Fortuna no valorasen todo aquello, siendo que gentes que venían de tan lejos tenían tanta ambición en escalar la montaña.

Por esta razón, los que pasaban por aquel camino, se burlaban de aquellos hombres pacatos. Se reían en alta voz del pequeño pueblo. Mas a aquellos hombres no les parecía importar nada. Ellos eran los únicos que conocían el mensaje de la plaquita de madera. ¡Así es! Porque ellos la habían oido de la boca del Viejo Sabio que había muerto.

Infelizmente, un día pasó una grande desdicha. Nacieron muchos hijos de los hombres pacatos, y entre ellos, un niño muy curioso y cansado de una vida sencilla y pacata decide subir la montaña también. Él decía a su padre que sería el único hombre que subiría la montaña y traería todo oro de allá hacia bajo para que sus padres y pueblo pudiesen tener riquezas. Este pobre muchacho (que solo se volvió “pobre” cuando quise ser rico), en verdad se cansó de ser burlado por los demás e infelizmente la luz del oro de la montaña lo hizo voltearse a ella y desearla. ¡Él estaba bajo hechizo!

Nunca nadie había querido eso. El pueblo del Viejo Sabio se alborotó al oír el pobre niño que quería convencer a todos que se arriesgasen y también le acompañasen. La gente del pueblo pacato le respondió:

– ¡No necesitamos la riqueza! Durante toda nuestras vidas el oro no nos hizo falta. ¿Por qué debemos subir la Montaña?

Pero, el muchacho se decía muy soñador. Él jamás se contentaría a una vida pacata. Él no había conocido el Viejo Sabio, sino apenas de información. Nunca Le había oído personalmente, por lo tanto, se decidía por lo que sus ojos veían: El Oro de la Montaña de la Fortuna.

Fue muy triste cuando el joven se despidió de sus papás y de sus hermanos más chicos. Los hermanos más chiquitos le decían: “¿Por qué no quieres vivir más con nosotros? ¿Por qué nos cambias por la Fortuna?”. Todos decían que él estaba mal, pero él creía que era el único que tenía razón. Y dejando para trás todas las voces, toda su gente, todo el pueblito, él mira al codiciado tope de oro de la montaña asesina y dice:

– ¡Yo sí tengo fe! ¡Yo sí tengo visión! Ahí voy…

Entonces, el joven se mete con la multitud que va hacía el monte, y se vuelve uno más de tantos aventureros que nunca más volverían. Ahí se sume el muchacho a la procisión ilusionada y seducida por la luz del oro.

Pasaron muchos años, muchas décadas, habían muerto mucha gente, tanto del pueblito pacato como de la multitud que subía la montaña. Vidas que terminaron decidiendo pagar por lo que escogieron. Los del pueblo pacato murieron de espaldas al monte, los que escalaron el monte, murieron con la ilusión de persistir subiendo más. El único que aun sobrevivía era el joven, ahora muy viejo, del pueblo pacato. Sus fuerzas ya se agotaban, su barba muy blanca, estaba enfermo pero aun así persistía. Él quería llegar al tope y parece que realmente llegaría. De todos los hombres que se aventuraron, él fue el que más se sobresalió. Sin embargo, cuando se acordaba de sus papás y de su antiguo pueblito que había dejado, no los veía más. Era muy tarde para desistir, era muy tarde para volver al pueblo pacato, AUNQUE ÉL LO HUBIERA QUERIDO POR MUCHAS VECES.

Por muchas ocasiones, este hombre que estaba casi en la cumbre, se recordaba de la Vida pacata, de aquellos olores, de aquel pueblo suyo muy humilde, que sonreía timidamente y que se vestía con aquellas ropas del campo. El pueblo que parecía nunca tener nada, ¡mas que tenía todo! Sus ojos querían llorar al acordar de las palabras de su familia que decía: “No necesitamos del oro, pudimos vivir hasta hoy sin esto, ¡lo único que queremos es que estés aquí!”. Mas su obstinación le impedía de llorar, era obstinado hasta la muerte. Y la muerte parece que realmente se acercaba. “No puedo más vuelver, por lo tanto, voy a subir hasta el fin”, eso pensó el “pobre” viejo.

Entonces, ya casi muerto, ¡llega al tope! Siente una alegría muy grande y cree que por fin había valido la pena, o más bien, había valido toda la vida que vivió en subir sin parar la Montaña de la Fortuna. Para su sorpresa, ve una placa hincada en la nieve no muy lejos de sí.

Mal quería acercarse a la placa de madera ya que contemplaba tanto oro a su alrededor. Pero, forzado por la conciencia, se dirige hacia ella. En la misma hora, siente una punzada fuertísima en su corazón. ¡Había llegado su turno de morir también! Pero, para su contento, llegaba a la cumbre de la Fortuna.

Y estando solo, sin nadie más para hacerle compañía y siquiera para socorrerle, no teniendo a nadie más cerca pues todos sus amigos habían muerto, se arrastraba por el suelo frío, hasta que alcanza la vieja placa de madera. Él sabía que sería la última cosa que haría en su vida: Leería el mensaje secreto de la madera.

Eso es lo que él encontró:

“¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma? FIRMADO POR EL VIEJO SABIO”.

Entonces, por un lapso casi que instantaneo, se le ocurre la vida toda en la pantalla de la mente. En una pequeña fracción de tiempo, toda su vida se le viene a la memoria: su niñez, su crianza, su pueblo, sus decisiones, sus amigos, su historia. Las lágrimas que nunca había derramado ahora riegan todo aquel oro cubierto de nieve. Ya no hay más tiempo, apenas lamentos y llanto, no hay siquiera nadie cerca para decirle: “¡Perdóname! Por favor, ¡perdóname en nombre de todos!”.

Muere el viejo aventurero y obstinado, ¡mas sus lágrimas dejan un legado! Escurren como un río hasta el pie del monte disolviendo toda falsa riqueza del oro de la montaña. Sus lágrimas finales se vuelven un río de vida que acaba de una vez con el falso brillo. Ya no hay más engaño, ya no hay más ilusión. El río termina en el pueblito pacato, el pueblo del Viejo Sabio que había muerto antes de todos. Aquel que había escrito sus palabras en la Placa de Madera. Las lágrimas riegan la tierra del pueblo y da un árbol memorial para todos que viniesen después.

Y así termina la historia más triste jamás contada, o mejor: ¡que nunca tuvieron valor para contarla!

Que Jesús te ilumine,
Helio, su hermano mucho más chico.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s