FALSO CONSUELO PARA LOS PECADORES

“¿Cómo, pues, me consoláis en vano, viniendo a parar vuestras respuestas en falacia?” (Job. 21:34.)

Sin duda, son a millones los que ahora están en la condenación porque tuvieron alrededor quien les diera consuelo falso, quien sentía tanta compasión falsa, o que él mismo estaba en tal oscuridad, que no quería que los pecadores permanecieran en la ansiedad y les administraba falsedades.

He visto a menudo a cristianos que me han traido a pecadores angustiados, pidiéndome que los consolara, y luego, cuando he examinado la conciencia del pecador a lo vivo, se han estremecido y se han puesto de su lado. Es a veces imposible tratar de modo efectivo con jóvenes que están angustiados en la presencia de sus padres, porque los padres tienen tanta compasión por sus hijos que se olvidan de dar a Dios el honor que merece. Esta es una posición equivocada; y con estos puntos de vista y sentimientos Io mejor es callarse que decir una palabra a los penitentes.

Con frecuencia he encontrado casos de esta clase. Una madre dirá a su hijo, que se halla angustiado, que ha sido siempre un hijo obediente, bueno y amable, y que no debe tomarse las cosas así. Un marido dirá a su esposa, o la esposa al marido: “¡Has sido muy bueno! ¿Cómo? ¡No has sido tan malo! Has ido a ver a este terrible predicador que aterroriza a la gente y te has acongojado. ¡Cálmate, estoy seguro que no hay motivo para esta inquietud!” La verdad es que las cosas son mucho peores de lo que ellos piensan.

Ningún pecador tiene idea de lo graves que son realmente sus pecados. No es probable que ningún hombre pudiera vivir bajo la plena visión de sus pecados. Dios, en su misericordia, ha ahorrado a las criaturas en la tierra la peor visión de todas, la de un corazón humano desnudo. La culpa del pecador es mucho más profunda y condenadora de lo que él mismo cree, y su peligro es mucho mayor de lo que piensa y si pudiera ver su pecado tal como es, probablemente no viviría ni un momento. Es verdad que un pecador puede tener ideas falsas sobre el tema, y crearse con ello angustia sin fundamento. Puede creer que ha cometido el pecado imperdonable, o que ha agraviado el Espíritu o que ha pecado hasta el punto que ha pasado, para él, el día de gracia. Pero el decir a la persona más moral y amable del mundo que es bastante bueno, o que no es tan malo como se piensa, no es darle consuelo racional, sino engañarle y destruir su alma.

El pecador está a las puertas del infierno, está en rebelión contra Dios, y su peligro es infinitamente mayor de lo que piensa. ¡Oh, qué doctrina del demonio es decir a un rebelde contra el cielo que no se angustie! ¿Qué es esta angustia suya sino rebelión? No es consolado porque rehúsa serlo. Dios está dispuesto a consolarle. No tienes porque pensar que eres más compasivo que Dios. El llenará al pecador de consuelo, en un instante, en la sumisión. Aquí hay el pecador, luchando contra Dios y luchando contra el Espíritu Santo y su conciencia, que se angustia hasta la muerte, pero que no quiere ceder; y ahora viene uno que dice: “Oh, no me gusta que te sientas tan mal, no te apures; animate, animate; la religión no consiste en nada sombrío; ten ánimo.” ¡Es horrible!

La gente, a veces, consuelan a un pecador diciéndole: “Si eres de los elegidos, serás recogido y llevado adentro.” Una vez oí de un caso en que un joven en gran confiicto mental fue enviado a conversar con un ministro vecino. Hablaron durante mucho rato. Cuando el joven se marchaba, el ministro le dijo: Me gustaría escribir unas líneas a tu padre para que se las des.” Su padre era un hombre piadoso. El ministro escribió la carta y se olvidó de cerrarla. El pecador se fue a su casa, vio que la carta no estaba cerrada y se dijo que, probablemente, el ministro habría escrito sobre él y sintió tanta curiosidad que sacó la carta y la leyó.

Y lo que halló fue lo siguiente: “Querido amigo. He hallado a su hijo bajo convicción de pecado, en estado de angustia y no es fácil decir algo que le dé consuelo. Pero si es uno de los elegidos entrará en el redil.” Quería decir algo para consolar al padre, pero en realidad, esta carta casi destruyó el alma del hijo, porque se contentó con la doctrina de la elección diciendo: “Si es uno de los elegidos será traído al redil”; y con ello desapareció la convicción del joven. Años más tarde fue despertado y convertido, pero sólo a costa de una gran lucha, y sólo cuando la falsa impresión anterior quedó obliterada de su mente, y se le pudo hacer ver que todo ello no tenía nada que ver con la doctrina de la elección, sino que si no se arrepentia se perdería.

Charles Finney (1792-1875)

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