LA GLORIFICACIÓN DE CRISTO Y DE TODOS LOS DEMÁS HIJOS DE DIOS

(UN TEXTO PARA LLORAR DE GRATITUD Y DE GRACIA) – Recomiéndalo al terminar.

Predica de Helio Colombe. México, domingo de Pascua de 2012.

María Magdalena al saber que su Salvador y Perdonador iba a ascender al Cielo y que ya no estaría más con todos ellos, en un último intento, agarra en sus manos perforadas por los clavos (tal como Jacob que no dejaba ir al ángel que lo había bendecido tanto).

Jesús le dice: “¡No me detengas! Aun no he subido al Padre”. (San Juan 20:15-18).

Pero ¿podía ser que el que no había sido detenido por la muerte fuera detenido por un ser humano?

¡Sí! Aunque ni la muerte detuvo al Hijo de Dios, un pobre y miserable ser humano sería capaz de impedirlo de irse, ya que había una fuerza mayor entre los dos seres, Cristo y la humanidad: ¡Esta fuerza era Su Amor por nosotros!

UN PLAN HECHO DESDE ANTES DE LA CREACIÓN

Desde antes de la creación, Dios sabía que el ser humano iba a caer en pecado y consecuentemente no poder convivir con Él que es Santísimo. Por esta razón, provió para nuestra salvación el sustituto perfecto para morir y pagar en nuestro lugar por nuestros pecados. El sustituto perfecto y sin pecado sería su propio hijo. Además, la salvación comenzaría en la Cruz y culminaría en la Glorificación de todos los hijos de Dios.

Él vendría al planeta creado para que nos dejara el mensaje de su misión: Este mensaje se llamaría “El Evangelio”, que trataba de informar a los hombres que confiasen en la Obra de Cristo para que fuesen salvos.

Él encarnaría, viviría por 33 años y medio, moriría martirizado y por fin, lo resucitaría Dios para que subiera de regreso al Cielo y nos pudiera enviar el Espíritu Santo.

Ahora bien, después de muchos milenios de concluido el plan, ¡había llegado el momento! El hijo de Dios debería encarnarse y estar entre los hombres.

¿Cómo podemos imaginar eso?

El hijo de Dios, el que siempre existió*, eternamente alabado por todos los ángeles de Dios, deja su trono y su majestad. Sus ángeles lo contemplan al salirse de la diestra de Dios y despedirse de su lugar eterno. Él sabe que va a una peligrosa misión que podía fracasar y ya no regresar más. Él sabe que vendría para ser martirizado y muerto. Él sabe que le tocaría revestirse de carne y naturaleza humana y resistir a todas las tentaciones que a un hombre es imposible. – *(Filipenses 2:6-11).

Y ¿por qué se sujeta a eso?

Para buscar al ser humano. El Padre quería rescatarlo de su estado de perdición y solo habría ese medio. Si Jesús fracasara, sería el fin total. La frustración completa del Plan de Dios. La derrota total del único intento divino.

Entonces, la Esperanza de los Cielos y de la Tierra, deja su gloria celestial y finalmente se encarna. Desciende a nosotros, entra en el vientre de una mujer y comienza a materializarse. (Gálatas 4:4-5).

Él pasa por todo. Es humillado, escupido y desnudo. Se somete a ser muerto y crucificado. Al contrario de los dos malhechores que mueren a su lado, Él mismo ofrece sus manos para que fuesen clavadas en el madero. Él no huye de la muerte y deja un legado: Su Amor, su Mensaje, su Nombre y la Promesa de su Espíritu que jamás nos abandonaría. (San Juan 10:17-18).

LOS ÚLTIMOS 40 DÍAS DE JESÚS EN LA TIERRA

Jesús vence a todo, incluso la muerte. Y después de resucitado, aun pasa 40 días con sus amigos fieles para enseñarles sus últimas palabras. Ellos saben que son sus últimos días con Cristo, pues apenas lo verían mucho tiempo después. Los recuerdos, las enseñanzas, la compañía, la alegría compartida, en fin, eso iba a terminar (Hechos 1:3).

Él tiene el gusto de pasar estos últimos 40 días con sus amigos ¡aun sabiendo que el Cielo lo esperaba! Los ángeles y el Padre lo aguardaban con grande ansia. Su trono estaba vacío y una grande expectativa había en los inúmeros seres celestiales. Pero, parecía que Jesús ¡no quería dejar a sus compañeros! Él seguía con ellos y a lo mejor nadie más entendía porque no regresaba a su Gloria. El motivo era: ¡Jesús los amaba! Jesús amaba a los pecadores, a los seres humanos, a los amigos, a los que por ellos había dado su vida. Los amó hasta el fin (San Juan 13:1).

Jesús les promete que no estarían huérfanos, que les enviaría el Consolador, el Espíritu Santo; la tercera persona del mismo Dios que ellos estarían cerca de conocer (San Juan 14:16-18).

Por fin, el Maestro se despide, pero ahora no de los ángeles, sino de sus amigos por quien había muerto. ¡Fue otro dolor! Fue peor que una despedida de por siempre en un aeropuerto. El querido Amigo y Señor hay que darles la espalda para “entrar en su vuelo hacia el cielo”. Nadie había hecho por nosotros lo que Él nos hizo, y ahora, por fin, se estaba yendo de regreso al mismo lugar de donde vino.

Ellos siguen por mucho tiempo mirando hacia los cielos. Lágrimas caen de sus ojos. ¡Qué amarga despedida! Tardan tanto ahí hasta que aparece un ángel diciendo: “¡Paren de quedar mirando! Váyanse de aquí. ¡Él regresará pronto y de la misma manera que ha subido!” (Hechos 1:9-11).

EL REGRESO DE CRISTO AL CIELO

Sin embargo, la historia no termina aquí. En una otra dimensión, en un lugar mucho más elevado y más alto que todas las nubes y galaxias, se esperaba una grande fiesta. ¡La mayor fiesta que nunca hubo en toda eternidad! Los Cielos de Dios nunca más serían los mismos. Un grande estruendo estaba para acontecer: Absolutamente TODOS los ángeles desde los menores hasta los más poderosos arcángeles, todos parados para lo más solemne. ¡Alguien, nada más que el HIJO DE DIOS, resurrecto entre los muertos después de muerto cruelmente y vencedor de su imposible misión estaba subiendo de Su Altar!

¡Qué tan poderosos sentimientos había provocado el Hijo de Dios en su Padre! Este lo esperaba parado, ansioso para abrazarle ante todos los ángeles y para darle toda su autoridad. Absolutamente TODO lo que a partir de ahí fuera pedido EN NOMBRE DE JESÚS, sería inmediatamente dado por el Todopoderoso. Cristo había superado todas las expectativas de los Cielos y de la Creación. Él había vencido a todo. Eso sería inolvidable por toda la eternidad. ¡Qué grandes méritos había alcanzado Cristo! (San Mateo 28:18; Juan 16:24-28).

Jesús aparece de vuelta en el Cielo en donde se da gritos de triunfo. ¡Los ángeles no se detienen! Los ojos del Padre brillan al ver su Hijo regresando con la Victoria. Nuestro Señor y Salvador, que había bajado hacia la Tierra apenas en espíritu, ahora regresaba al cielo con Cuerpo. Sus manos están perforadas, su cabeza y costado cortados. Los ángeles lo palpaban completamente extasiados.

De camino a su Lugar, el Trono Divino, Jesús pasa por un pasillo formado de ángeles de los dos lados que lo recibían con todos los honores posibles. Mientras pasaba, no podemos aun saber lo que ocurría, pero ¡un día lo veremos!

Al acercarse al Padre que lo espera de pie, recibe un largo abrazo, y vuelve a sentar al Trono con una corona en su cabeza. Hay una solemnidad como nunca hubo y muchos cánticos de adoración al Único Salvador e Intercesor de los hombres ante Dios (Hechos 2:32-33; 5:31; Romanos 8:34; Hebreos 1:13; 10:12-13; 12:2; 1 Pedro 3:22).

¡Esa es la Glorificación de Cristo!

LA GLORIFICACIÓN FINAL DE LA NOVIA DE CRISTO

Mas el Plan Eterno de Dios para los hombres tampoco termina así. Después de Cristo estar de vuelta a Su Majestad, Dios envía al Espíritu Santo a la Tierra. Es el Turno del Otro Consolador. El Espíritu de Dios descendería, llenaría a los amigos de Cristo, los haría también hijos de Dios a la semejanza de Jesús, el primogénito. Estos vivirían conforme su Salvador hasta que morirían, resucitarían en un Cuerpo que sería traído al Cielo por el mismo Espíritu Santo y, ¡serían de igual modo glorificados!  (Romanos 8:17-18; Colosenses 3:4; 2 Tesalonicenses 2:14; 1 Juan 3:2).

Todo eso, Dios había determinado antes mismo de la Creación del hombre. No es nada nuevo o recién planeado. Dios ya lo había previsto y prometido que así lo sería con todos los que aceptasen a su Hijo como Salvador y Señor. A todos que Lo recibiesen serían hechos hijos de Dios a semejanza de Jesús y serían también glorificados cuando llegasen al Cielo:

“… Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:29-30)

Al decir: “a LOS que antes conoció… LOS… LOS… LOS…, etc”, trata de hablar de PERSONAS EN PLURAL y no a cada individuo en particular. Aquí se refiere a un GRUPO de gente, es decir, a la Iglesia Triunfante. Si ocupamos estos vacantes en abierto todavía, estaremos entre los predestinados a la misma Gloria de Jesús, el primer Hijo de Dios.

Por lo tanto, el pueblo de Dios, la Iglesia, al llegar al cielo recibirá la misma fiesta de la parte de los ángeles tal como fue con Cristo. Será el fin de un triunfo. Los vencedores de este mundo y del diablo estarán recibiendo de parte de Dios la corona y el trono.

En la conquista de una gran victoria, los héroes vencedores desfilan en cima de un grande carro en una larga avenida rodeada de aplausos y honores de la multitud que está de los dos lados. Así será con los que reciban el galardón de Dios al haber terminado de alcanzar su salvación. ¡Amén!

Si el amigo que lee ello, definitivamente reconozca que, tal como todos, es un pecador totalmente perdido y que solo por Cristo será salvado, no hay otro paso más que dar. Tú serás pronto recibido en el Cielo con la misma fiesta y alegría por los ángeles de Dios y los demás salvos que estarán allá antes de ti. Por el Todopoderoso que te salvó serás abrazado y estarás con Cristo en su Trono eternamente contemplando a Dios.

Si en este momento, a través de esta lectura, a ti fue revelado el Amor de Dios, ¡no lo resistas! Apenas con el consentimiento de tu fe, acepta lo que Cristo hizo por ti y hazle una oración sincera adonde estés.

Notarás que una grande transformación se dará sin que fuerces nada, pues el Espíritu de Dios pasará a operar en tu vida día a día.

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