La carta de Moisés a su madre

Mi querida madre,

Tantos años se pasaron y me acuerdo de usted. Me acuerdo de tu cuidado, de tus anhelos por mí y de la grande fe que tuviste en salvarme poniéndome dentro de aquella gran cesta. De hecho, antes Dios guiaba a aquella gran cesta en medio de las violentas aguas y así me preservó la vida. Sin embargo, aquella misma cesta ya no existe más, el tiempo la quemó. No lloro más por ella, pues aprendí a no vivir más del pasado. Mientas ella existía, Dios la usaba. Quisiera que existiera aquella antigua cesta adonde me había puesto cuando muy niño. ¡Ahora soy hombre y hombre de desiertos! Muchas quemaduras me las traigo en el cuerpo y en el alma.

No me gustaría comenzar esta carta con tristes noticias, pero ¡nada me salió bien, mamá! Creía yo en sueños y en las noches no dormía imaginándome como sería yo. Esperaba que con mi edad ya estaría mucho más allá con mi pueblo y aquí estoy, en esta soledad.

Tal vez le esté pidiendo perdón por no haber sido el libertador que quisieras ver. O quizá le esté culpando de alimentar en mí tantas promesas e ilusiones. En fin, convivo con este lugar y tiempo llamado realidad, muy lejos de haber sido el libertador prometido de mi pueblo.

A lo mejor metí la pata, mamá. Hice tal vez de lo que hoy veo que no debía hacer. Pero, ¡en ello intenté, mamá! No fuí cobarde, no me retraí. Si vencí o no vencí, quien sabe. Pero yo intenté. No tuve mala intención, aunque haya gente que lo piense así. Ahora, ¿De qué me importa? No veo horizonte a causa de tanta arena en mis ojos.

Sé que me dan por muerto, sé que me dan por olvidado, sé que se rien. Sin embargo, no sé porque no hago más caso a eso. Traiciones, mentiras, trampas, calumnias, egoísmo. Todo eso ya no me sorprende más.

Lo más triste, mi madre, es que tal vez pase los años y usted no alcance ver el Moisés que anhelabas ver. Sé que si me viera usted, aunque de lejos entre la multitud, se orgullaría mucho. Lo único que tal vez le haya dado fue que hoy te dicen: “¡Ves! Esta es la madre de Moisés! El soñador que murió en el desierto”. ¡Cómo me gustaría que me hubiera visto con el cayado de Dios en mis manos!

¡Mas no se preocupe mi señora! ¡Yo encontré a Dios! Yo lo vi cara a cara encima de la montaña sagrada. Cuando era un frustrado y vencido, Él me visitó. ¡La fe que usted tuvo no le será en vano! Él me habló. Mis ojos lo vieron. Al bajar de este monte ya no soy más el mismo y nunca lo seré. Ahora, mi turno ya no está en el futuro, sino en el presente. ¡Ahora es mi turno! Además, el SEÑOR de Abraham trajo a Arón, mi hermano, que ya no esperaba verlo y vamos a nuestro pueblo esclavo para libertarles y llevarles a la Tierra Santa. Allá nos encontraremos mamá.

Aunque no sobrevivas para ver, pero yo te prometo. No solo a tí, sino a mí mismo, a Zípora, a mi pueblo, y sobretudo a Dios, QUE SERÉ EL HIJO DE SUS SUEÑOS: El esperado libertador de este pueblo. ¡Mi encuentro con Dios, la llama que traigo adentro y esta MI promesa es la garantía!

¡No te olvides, linda mujer, que me entregaste para Dios! Adonde esté Dios ahí estaré yo, su siervo menor y si Él me salvó en el río, ¡que venga el Mar! Dios mismo me salvará.
Sí, nos vemos.

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